El temor de Dios

El temor—profunda reverencia y sumisión—es una de las reacciones básicas que el hombre debe tener hacia Dios. Dios la desea y la espera de nosotros. Es la respuesta natural de cualquiera que considere con seriedad el poder del Señor, su majestad y su juicio. Engendra, sobre todo, obediencia humilde y evita cuestionar a Dios o rebelarse contra su voluntad.

Jesús insiste en que temer a Dios es esencial y usa descripciones estrictas del juicio de Dios para alentar al temor: «Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed”(Lucas 12:5).

Puede que tal lenguaje sorprenda a muchos. Sin embargo, Jesús no está sugiriendo que debemos sentirnos aterrorizados por Dios, como si él fuera alguien de cual debemos protegernos. El que abraza el temor del Señor corre hacia él, se inclina ante él y no tendrá ningún otro maestro. El temor de Dios es sano. Consideremos brevemente, del mismo contexto de la declaración anterior de Jesús, tres beneficios de temer a Dios.

1) El temor a Dios es la solución a nuestra hipocresía.

La declaración de Jesús en Lucas 12:5 viene en el contexto de una fuerte advertencia contra la hipocresía. La secta religiosa principal de los judíos de aquel tiempo eran los fariseos, y eran hipócritas descarados que basaban su propia autoevaluación en la observación de ritos religiosos superficiales, muchos de los cuales se habían inventado ellos mismos. Aparecían justos por fuera, pero «por dentro [estaban] llenos de rapacidad y de maldad» (Lucas 11:39). Tenían un estatus exaltado en la sociedad gracias a su reputación de justicia, aun cuando Dios conocía la realidad.

Recibir la alabanza de los hombres puede ser intoxicante y pronto se apoderará de nuestras vidas a medida que nos esforzamos por complacer a los hombres y obtener su aprobación en lugar de preocuparnos por lo que Dios piensa de nuestros corazones. Jesús compara tal hipocresía con la levadura, una sustancia que se apodera de una barra de pan incluso en pequeñas cantidades. Todo este esfuerzo desesperado por presentar la justicia ante los ojos de los hombres, que nos obliga a esforzarnos por ocultar cualquier hecho perverso y nos permite ignorar las inclinaciones pecaminosas del corazón, se convierte en nada cuando dejamos de preocuparnos por lo que la gente piensa y cambiamos a temer al Señor. La hipocresía viene del temor al hombre. La verdadera justicia viene de temer al verdadero Probador del corazón.

2) El temor de Dios quita cualquier otro temor

Jesús rápidamente combina su enseñanza sobre el temor de Dios con otro recordatorio que se necesita constantemente: ¡Dios nos ama perfectamente! «¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos?» dice. «Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Lucas 12:6-7). ¿Cómo puede Jesús cambiar de tema tan rápidamente de enfatizar la necesidad del temor a la exhortación de «no temer»?

El objeto de nuestro temor es lo que realmente importa. Estamos tan acosados ​​por los temores de todo tipo de cosas y, a menudo, vivimos con la inquietud de la próxima amenaza a nuestra seguridad. Sin embargo, cuando tememos al Todopoderoso, el que tiene poder sobre todo, e interiorizamos también el hecho de que, debido a su amor perfecto, ni un cabello de nuestra cabeza se ve afectado sin su conocimiento y cuidado personal, somos libres de no preocuparnos más de todo lo demas. Si nos sometemos y servimos a Dios, él hará que todo salga bien.

3) El temor a Dios nos permite obedecer incluso cuando es difícil

Los discípulos se iban a enfrentar a la feroz oposición de los fariseos influyentes. Sin embargo, Jesús les tranquilizó diciendo: «Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir» (Lucas 12:11). Sin un temor profundo y permanente a Dios, los discípulos podrían verse tentados a sentirse abrumados en tal situación por el temor al hombre. La defensa natural sería negar a Jesús, sólo para complacer a las autoridades.

Gran parte de nuestro fracaso para servir a Dios con denuedo y fidelidad se debe al temor del hombre y al deseo de agradar a las personas en lugar de a Dios. Volver a temer a Dios nos permite ver las consecuencias negativas que las personas y la sociedad pueden imponernos por nuestra fe en su verdadera medida. ¡No son nada! ¡Preferiría que el hombre me negara en este tiempo que Cristo en el juicio (Lucas 12:8-9)!

Conclusión

Por estas y quizás muchas otras razones, el temor de Dios debe ser recomendado y buscado. «El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre» (Salmo 19:9).

–Brigham Eubanks