Conociendo a Dios (pt. 2)

A lo largo de la historia, la gente se ha inventado gran cantidad de argumentos para descartar la existencia de Dios. Lo hacen, al menos en parte, para liberarse de las limitaciones morales descritas en la Biblia. Uno de sus argumentos más comunes es que simplemente “no hay evidencias suficientes” para creer en Dios.

La obviedad de la existencia de Dios

Por contraste, el apóstol Pablo afirma que el conocimiento de la existencia de Dios es “manifiesto” y que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas”(Romanos 1:20). Pablo parece indicar que incluso los hombres impíos e injustos tienen este conocimiento, pero lo “detienen” (Romanos 1:18). El escritor inspirado continúa diciendo que la realidad de la existencia de Dios, como puede verse en el mundo natural, es tan obvia que los que la rechazan “no tienen excusa” (Romanos 1:20).

Cosas no pueden revelar adecuadamente la voluntad de Dios para el hombre

Si bien es posible saber que Dios existe por medio de lo que ha creado, ni las cosas terrenales ni los cuerpos celestes pueden revelar su voluntad. Algunos buscan conocimiento sobre su futuro estudiando la posición de las estrellas, pero las bolas gigantes de gas caliente son incapaces de ayudarnos a diferenciar entre el bien y el mal o de decirnos cómo vivir para agradar a Dios.

Otros insisten en que podemos conocer a Dios por intuición y que todos pueden llegar a comprender su voluntad cuando Él nos la comunica directamente. “La verdad”, afirman, “se encuentra dentro de todos nosotros”. Sin embargo, la división religiosa y los puntos de vista contradictorios entre los que son guiados por esta “luz interior” demuestran claramente la falta de fiabilidad de la intuición.

Debe haber una manera más confiable de conocer la voluntad de Dios que los sentimientos. Para conocerla, y así conocer a Dios, debemos tener un registro objetivo de ella. Debe ser un mensaje que se origina fuera del hombre, de una fuente que no está sujeta a sus fragilidades y malentendidos. Debe ser un mensaje que no cambia con el paso del tiempo, sino que sigue abordando los males más graves de cada generación.

La importancia de la palabra escrita

Dios eligió revelar este mensaje por medio de testigos confiables. Para ponerlo a la disposición de las generaciones futuras, fueron impulsados a escribirlo, no de acuerdo con su propia interpretación, sino más bien por inspiración del Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). Poco antes de su muerte, Jesús les prometió a estos hombres que el Espíritu Santo les enseñaría “todas las cosas”, les ayudaría a recordar “todo” lo que Jesús les había dicho y les guiaría a “toda la verdad” (Juan 14:26; Juan 16:13).

Algún tiempo después, el apóstol Pablo reveló que el verdadero conocimiento de Dios nunca podría haberse originado con el hombre, sino mediante el Espíritu Santo, tal como lo reveló a los apóstoles y a otros hombres inspirados del primer siglo. Aparte de la palabra escrita registrada por estos hombres, el verdadero conocimiento de Dios tiene cosas que “ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre” (1 Corintios 2:9). Es sólo por medio de estas palabras no enseñadas “por sabiduría humana sino enseñadas por el Espíritu” (1 Corintios 2:13) que podemos saber “lo que Dios nos ha concedido” (1 Corintios 2:12).