El uso de las preguntas en el evangelismo

Durante su ministerio terrenal, a veces el Maestro por excelencia contestaba las preguntas aparentemente inocentes de los judíos haciéndoles otra (Mateo 21:23-27; 22:15-22,23-33). Las preguntas son una excelente manera de ayudar a la gente a revisar sus suposiciones y hacer que reflexionen sobre los motivos detrás de lo que dicen.

A primera vista, las preguntas parecen indicar un deseo sincero de conocer más perfectamente la voluntad de Dios. No obstante, haríamos bien en reconocer que a veces se emplean como una «cortina de humo». Algunos hacen preguntas para esconder sus verdaderas intenciones o desviar la atención de los demás.

Así que, la próxima vez que alguien le haga una pregunta sobre la palabra de Dios, primero pregúntese si sería más eficaz responderle con otra pregunta.

Por ejemplo, puede que alguien diga: «La Biblia tiene muchas contradicciones». En este caso, podríamos preguntar: «¿La ha leído alguna vez?» Si ha leído la Biblia, podríamos preguntar: «¿Me puede mostrar un ejemplo de una contradicción?» Si no puede, debería ser evidente que no es sabio criticar la Biblia sin primero examinar cuidadosamente sus afirmaciones. La Biblia sí tiene aparentes contradicciones, pero éstas desaparecen con una investigación cuidadosa y sincera de la palabra de Dios (Hechos 17:11-12).

También, algunos argumentan: «Lo importante es que uno sea sincero en lo que cree». En este caso, podríamos preguntar: «¿Qué le pasa a la persona que toma veneno, creyendo sinceramente que es medicina?» Después podemos mostrarles que es posible estar sinceramente equivocado (Hechos 23:1; 26:9-11; Marcos 10:17-24).

Por último, puede que otros digan: «Soy una buena persona». Podríamos preguntar: «¿Según los criterios de quién? ¿Según las ideas de usted o las leyes del país en que usted vive?» Estas cosas no son pruebas de que somos «buenos» a los ojos de Dios. No nos examinemos según nuestros propios criterios. No somos el estándar. El Señor es el que juzga (1 Corintios 4:4) y su palabra es la única norma para determinar nuestra fidelidad o falta de ella (Juan 12:48; Hebreos 4:12).

–Jerry Falk