¿Por qué la gente elige la incredulidad? (Parte 2)

Esta pregunta revela dos cosas acerca de la naturaleza de la incredulidad:

(1) Es una elección. La fe y la incredulidad no son predisposiciones genéticas heredadas al nacer. No nos ocurren por casualidad, como ganar la lotería. Creemos porque elegimos hacerlo. Otros no creen porque eligen hacerlo.

(2) En segundo lugar, hay razones por las que las personas rechazan a Dios y su palabra. No debemos ser tan ingenuos como para pensar que el problema de la incredulidad es meramente intelectual.

La raíz del problema

La incredulidad a causa de «evidencia insuficiente» es, en realidad, una cortina de humo. «El problema con la incredulidad humana no es la ausencia de evidencia; más bien, es su supresión» (Zacharias, Ravi. ¿Puede el hombre vivir sin Dios?, p. 183).

La gente elige no creer en Dios no simplemente porque ha sopesado la evidencia y ha visto que es insuficiente, sino porque prefiere la oscuridad sobre la luz (Juan 3:19-20). Prefieren «la amistad del mundo» aunque signifique «enemistad contra Dios» (Santiago 4:4).

A muchos no les gusta el Dios de la Biblia

«Oyen que Dios es un ser infinitamente santo, puro y justo, y no les gusta por este motivo; no valoran tales cualidades; no se deleitan en contemplarlas … No ven ninguna forma de belleza ni hermosura ni notan dulzura alguna en ellas … Sienten mayor aversión hacia Él porque es omnisciente y sabe todas las cosas, porque su omnisciencia es una omnisciencia santa. No les agrada que sea omnipotente ni que pueda hacer lo que quiera porque es una omnipotencia santa. Ellos son enemigos incluso para Su misericordia, porque es una misericordia santa. No les gusta Su inmutabilidad, porque por esto jamás será diferente de lo que es: un Dios infinitamente santo» (Edwards, Jonathan. Los hombres son los enemigos naturales de Dios, http://www.biblebb.com/files/edwards/enemies.htm).

«El hombre natural sufre de prejuicios. Opera dentro de un marco de … prejuicios contra el Dios del cristianismo. El Dios cristiano le es repugnante por completo porque representa la amenaza más grande de todas para los deseos y ambiciones del hombre. La voluntad del hombre está en ruta de colisión con la voluntad de Dios. Tal ruta conduce inevitablemente a un conflicto de intereses … Aparentemente, los hombres preferirían morir en sus pecados que vivir para siempre en obediencia» (Sproul, RC, Si hay un Dios, ¿Por qué hay ateos?, p. 146).

Una negativa a aceptar lo que es conocible

El apóstol Pablo también señala al comienzo de su carta a los cristianos en Roma que el problema de la incredulidad no es meramente intelectual. Pablo «les recordó a los cristianos en Roma a aquellos que, ‘habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen» (Romanos 1:21,28). El problema sobre el cual escribió el apóstol no fue el hecho de no aceptar lo que era imposible de conocer (el texto en Romanos indica claramente que estas personas podían saber, y sabían, de la existencia de Dios). Más bien, fue un problema de negarse a aceptar lo que se podía conocer, es decir, la realidad de Dios. Aquellos a quienes Pablo se refería tenían un prejuicio intrínseco contra Dios … [de manera] que … no tuvieron a bien reconocer a Dios» (http://apologeticspress.org/apPubPage.aspx?pub=1&issue=493).

La fe es una tontería para el «hombre natural»

«Cuando Pablo escribió su primera epístola a los cristianos en Corinto, observó que ‘el hombre natural [es decir, uno que es guiado por su propia sabiduría] no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura’ (1 Corintios 2:14). El prejuicio del hombre contra Dios se ha convertido así en una de las causas principales de la incredulidad, lo que sin duda explica por qué el escritor hebreo advirtió: ‘Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo’ (Hebreos 3:12)» (Ibid.).

–Jerry Falk