¿Aceptamos la corrección?

Vivimos en una generación políticamente correcta que encuentra ofensivo incluso las correcciones hechas con las mejores intenciones. Nos enfadamos si alguien implica que estamos equivocados. «¡Ocúpate de tus propios asuntos!», respondemos.

En cuanto a esta actitud, Salmo 141:5 ofrece un marcado contraste: «Que el justo me hiera con bondad y me reprenda; es aceite sobre la cabeza; no lo rechace mi cabeza» (LBLA). ¡Oh, cómo debemos cultivar esta mentalidad! Necesitamos que las personas piadosas nos corrijan y nos acorralen hacia el camino correcto cuando nos desviemos.

David, el autor de ese versículo, mostró esta clase de corazón en su propia vida. Cuando el profeta Natán se enfrentó a David de manera dramática por un pecado que había cometido, David respondió con arrepentimiento, reconociendo humildemente: «He pecado contra el Señor» (2 Samuel 12:13). ¡Como rey, David pudo haber reaccionado de manera muy diferente! Otros, como un rey posterior, Joás, mataron a los profetas que hablaron contra ellos (2 Crónicas 24:20-21).

Si realmente queremos buscar la justicia del reino, entonces los cristianos maduros que emplean la palabra de Dios nos ayudarán, incluso si nos duele oír que estamos equivocados. Si podemos hacer que esta actitud sea parte de nuestra vida, ¿qué cosas podrían cambiar en nuestra vida?

1) No nos pondremos a la defensiva cuando alguien señale nuestras faltas. Nuestro primer instinto, cuando alguien nos critica, es sentirnos ofendidos, luego defendernos como si nos estuvieran atacando y, por último, lanzar contraacusaciones. Se necesita mucho control sobre nuestro espíritu para escuchar y valorar las reprimendas incluso de las personas justas.

2) Hablaremos voluntaria y abiertamente sobre nuestros pecados y defectos, y buscaremos ayuda. ¡Seguramente David hubiera deseado buscar el consejo del Señor a través de Natán mucho antes de que su pecado hubiera avanzado tanto! ¿Qué pasa si el consejo que recibimos es doloroso y difícil? «Que el justo me hiera con bondad … no lo rechace mi cabeza».

3) Asistiremos a los servicios de la iglesia. Para muchas personas es incómodo escuchar los sermones del predicador porque se sienten condenados. ¡Pero seguramente no vamos a la iglesia sólo para escuchar que estamos bien! Más bien, reconocemos nuestra necesidad de la proclamación de los estándares de Dios para reprender nuestra maldad y llevarnos a corregirnos con su ayuda.

Jesús sabía más que nadie el valor de la reprensión de un hombre justo. Es por eso que nunca tuvo pelos en la lengua con aquellos que necesitaban ser condenados. El fariseo que invitó a Jesús a comer en Lucas 11 probablemente consideró las severas palabras de Jesús hacia él como un insulto. «Necios, … ¡ay de vosotros, fariseos!, porque … pasáis por alto la justicia y el amor de Dios»(Lucas 11:40-42). ¿Duro? Por supuesto. Pero lejos de ser un insulto, estas palabras eran una misión de rescate, una mano que se extendía para salvar a un hombre que corría salvajemente por un río de justicia propia que lo llevaría a la muerte espiritual. Representaban la mayor bondad que este hombre había recibido o recibiría.

¿Cómo habrías respondido tú? Tu reacción a los reproches legítimos revela todo acerca de los verdaderos objetivos de tu corazón.

–Brigham Eubanks