Cuando la lógica no tiene nada que ver con la incredulidad

A los que rechazan las afirmaciones de Cristo y sus enseñanzas en el Nuevo Testamento les gustaría que creyéramos que sus conclusiones se basan únicamente en un examen cuidadoso de la evidencia y que los motivos no tienen nada que ver con el asunto.  Insisten en que sus suposiciones se basan en una lógica sólida y que no se dejan llevar por prejuicios, sentimientos, orgullo ni el deseo de conformarse con la mayoría.  Su objetivo es simplemente descubrir la verdad… o así dicen.

Ejemplos bíblicos de los que son llevados por sus motivos

Por contraste, la Biblia nos muestra que los judíos (y otros) tenían motivos ocultos para rechazar a Jesús y sus enseñanzas. A pesar de tener amplias evidencias de que Jesús resucitó a un hombre de entre los muertos (Juan 11:38-46), los principales sacerdotes y los fariseos dijeron: «¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Juan 11:47-48). Otros pasajes revelan que fue por «envidia» que los judíos entregaron a Jesús a Poncio Pilato para que lo crucificaran (Mateo 27:18; Marcos 15:10).

Poco después, Pilato decidió enviar a Jesús a su muerte, no porque estuviera convencido de la evidencia en su contra, sino porque quería reprimir un posible disturbio (Mateo 27:24) y «satisfacer al pueblo» (Marcos 15:15).  Juan parece indicar que Pilato estaba parcialmente motivado por el miedo cuando decidió crucificar a Jesús. No quería que sus súbditos considerasen la posible liberación de Jesús como un reconocimiento de su reinado, dejando así la impresión de que el gobernador de Judea se oponía al emperador romano (Juan 19:12-16).

Pablo mencionó que incluso algunos de los que predicaban el evangelio en su época lo hacían por envidia y rivalidad (Filipenses 1:15-17).  Estaban celosos de él y deseaban causarle problemas a Pablo cuando estaba en la cárcel.

Ejemplos modernos y sus «razones» para la incredulidad

Del mismo modo, las personas de hoy tienen motivos para su incredulidad.

Dietrich Kerler, un filósofo alemán, escribió una vez en una carta a un colega: «Aun si las matemáticas pudieran probar que Dios existe, no quiero que exista, porque pondría límites a mi grandeza».1

De manera similar, Thomas Nagel, profesor de Filosofía y Derecho de la Universidad de Nueva York, afirma: «Quiero que el ateísmo sea verdadero y me inquieta el hecho de que algunas de las personas más inteligentes y bien informadas que conozco sean creyentes religiosos.  No es sólo que no creo en Dios y, naturalmente, espero que tenga razón en mi creencia.  ¡Es que espero que no haya Dios!  No quiero que haya un Dios; no quiero que el universo sea así».2

Aldous Huxley, un escritor y ateo inglés, hizo una de las observaciones personales más reveladoras y honestas con respecto a su incredulidad cuando dijo: «Tenía motivos para no querer que el mundo tuviera sentido; por consiguiente, supuse que no tenía ninguno, y pude, sin ninguna dificultad, encontrar razones satisfactorias por esta suposición … La liberación que deseábamos era … de cierto sistema de moralidad. Nos opusimos a la moralidad porque interfería con nuestra libertad sexual».3

Nadie es completamente imparcial

Afirmar que los seres humanos pueden estar completamente libres de todo prejuicio y guiados exclusivamente por la búsqueda del conocimiento, mientras rechazan a Dios y su palabra, es ingenuo. Las personas tienen motivos para hacer lo que hacen y, a veces, la lógica no tiene nada que ver.

–Jerry Falk

(1) De Lubac, Henri. The Drama of Atheist Humanism. Cleveland and New York: Meridian Books, The World Publishing Company, 1944, p. 27.
(2) Nagel, Thomas. The Last Word. New York, NY: Oxford University Press, 1997, pp. 130-131.
(3) Huxley, Aldous. Ends and Means. London: Chatto and Windus, 1937, p. 273.